Playa Santa Lucía. Un par de días alejados de los circuitos turísticos

noviembre 30, 2017

Los que nos leéis habitualmente sabéis que nos gusta, de vez en cuando, apartarnos un poquito de los lugares más turísticos, esos tan fotografiados, frecuentados y conocidos mundialmente. Pensamos que, casi siempre, son los que nos permiten adentrarnos más en la vida real del país que estamos visitando.
En nuestro viaje a Cuba optamos por conocer Playa Santa Lucía, una zona costera situada al noreste de la ciudad de Camagüey. Según una famosa guía de viajes internacional y lo que habíamos mirado por internet, se trataba de una gran playa de arenas blancas, poco concurrida (aunque con algunos grandes resorts), ideal para el submarinismo. Sonaba idílico, aunque posteriormente comprobamos que esta imagen estaba excesivamente “photoshopeada”.
La playa era infinita, eso es verdad, aunque sus arenas blancas estaban literalmente cubiertas por algas negras secas; y los grandes resorts mostraban, en su mayor parte, signos de abandono. Pero también debemos reconocer que la Playa los Cocos, situada a varios kilómetros de los complejos hoteleros, en dirección oeste, era realmente bonita. En las siguientes líneas os detallamos nuestra experiencia en Playa Santa Lucía.
Playa Santa Lucía. Salía más bonita en las fotos de internet.

NUESTROS DÍAS EN PLAYA SANTA LUCÍA

Partimos en un autobús repleto desde Trinidad, haciendo paradas en Sancti Spiritus, El Ciego de Ávila y Camagüey. En esta última ciudad se baja casi todo el mundo, por lo que el resto del trayecto lo hacemos en un autobús casi vacío. Extranjeros solo nosotros. Se nota que nos dirigimos a un lugar menos turístico.
Por fin, tras unas 7 horas de viaje, llegamos a Playa Santa Lucía. El conductor del autobús nos pregunta dónde queremos bajar; le indicamos que en Villa Santa María y allí que nos deja.
Nos acomodamos en nuestro alojamiento y decidimos acercarnos a dar un paseo por la idílica playa, muy cerca de allí. Lo que se antojaba una preciosa playa de arenas blanquecinas está algo desmejorada por la gran cantidad de algas que hay en la costa, así como por restos de basura en muchas zonas.
¡De nuevo en el mar!
Playa situada justo enfrente del gran complejo hotelero.
Caminamos unos 2 o 3 kilómetros en dirección oeste, pasando por delante de algunos resorts que están sorprendentemente vacíos, incluso alguno parece totalmente abandonado. El tramo de playa situado frente a estos está más limpio, aunque no hay nadie bañándose.
Con las últimas luces del día regresamos a nuestro alojamiento. Estamos cansados tras el largo viaje, y mañana queremos aprovechar.
En esta zona la playa está mucho más limpia.

La playa para nosotros solos.

Regresando al alojamiento por la carretera principal. Muy transitada no parece, la verdad.
Por primera vez desde nuestra llegada a Cuba hemos dormido tapados, ¡qué bien! La noche ha sido fresquita y hemos descansado de maravilla.
Desayunamos abundantemente y salimos caminando hasta el cercano resort “Brisas de Mar”, donde los dueños de nuestro alojamiento nos han dicho que alquilan bicicletas. Así es, por 5 CUC/persona nos hacemos con unas bicicletas algo desvencijadas pero que cumplen su función. No seremos Miguel Induráin y Fernando Escartín pero llegaremos a nuestro destino… (o no, ya veréis más adelante).
Nos dirigimos hacia el oeste, puesto que queremos pasar el día en la Playa los Cocos, situada a unos 7 kilómetros de nuestro alojamiento. El camino discurre paralelo a la costa, primero por una carretera asfaltada y, posteriormente, tras pasar un pequeño núcleo de casas, por una pista en un estado más que decente. Vamos entre la playa y la gran laguna, aunque no vemos nada por la frondosa vegetación.
Surcando veloces las llanuras de Cuba.
Tras varios kilómetros llegamos a un punto en que tenemos que descender momentáneamente de nuestras bicicletas, puesto que la arena de la playa invade la pista y únicamente nos permite seguir a pie.
La arena de playa ha invadido, literalmente, la pista.

Estamos en la orilla de la gran laguna, en la que podemos ver abundantes flamencos.
Superados estos 300-400 metros, ya nos queda poco para llegar a la pequeña localidad donde está Playa los Cocos. Nos ha costado, aproximadamente, 45 minutos llegar hasta aquí.
La Playa los Cocos es realmente bonita, con arenas blancas y enormes palmeras. Las aguas del mar, tranquilas, tienen diferentes tonalidades verdes y azuladas. Aunque hay bastante gente, se está relativamente tranquilo; el 90% o más de los bañistas son cubanos, siendo pocos los turistas que nos hemos acercado a este rincón. 
Típica imagen de Cuba, ¿verdad?

Hoy disfrutaremos de un día de playa.

Playa los Cocos, bonita y no demasiado concurrida.

Con nuestra querida bici en la playa.
Nos sentamos a contemplar el paisaje y nos damos un baño en las aguas cálidas, disfrutando del buen día. Contemplamos, sin embargo, que muchos de los bañistas no consideran que estén en un lugar privilegiado y lanzan la basura (restos de comida, botellas de ron…), literalmente, al mar.
Regresamos al camino principal para tomar unas cuantas fotos cuando, accidentalmente, la cámara de fotos que llevamos se cae al suelo y deja de funcionar. Sí, a partir de ahora las fotos son únicamente con el móvil, perdonad por la calidad.

En la zona próxima al bar la gente se amontona.

Buenas vistas, Paula.

Decidimos regresar, a media tarde, a nuestro alojamiento. Puesto que en el camino de ida había una zona intransitable en bicicleta, optamos por regresar por otro camino, en mejores condiciones. Supone rodear la gran laguna y dar más vuelta, pero llegaremos antes.
Camino alternativo de vuelta, más cómodo pero más largo. Rectas interminables.
Cuando hemos avanzado un par de kilómetros, la rueda delantera de la bici de Pedro dice basta. Está pinchada, 100% pinchada, y se ha salido de la llanta, sin posibilidad de arreglarse en este momento. A partir de aquí empieza la gran anécdota del día, si no la del viaje.
La bicicleta, vieja y pesada, no funciona. Dado que la goma está totalmente fuera de la llanta, no podemos llevarla rodando, así que tenemos que ir caminando apoyándola sólo sobre su rueda trasera. Al principio hace gracia (incluso a algún joven cubano que pasa en moto y nos saluda), pero con el paso de los kilómetros empieza a cansar. 
Y así kilómetro a kilómetro.
Decidimos que Paula se adelante hasta el lugar de devolución de las bicis (a este ritmo las entregaremos tarde), mientras Pedro sigue caminando con la bici a una rueda. Llevamos casi una hora así, y entre el calor y el esfuerzo, la cosa empieza a ser pesada. La recta interminable parece finalizar allí al fondo, donde tomaremos ese desvío a la izquierda, un par de kilómetros más y llegaremos al hotel… Pero entonces, súbitamente, se solucionan todos los problemas.
Imaginaos la situación: Pedro sudando la gota gorda, cargado con la bicicleta y hasta las mismísimas narices de llevarla, en una carreterilla cubana lejos del poblado más cercano. De repente, un autobús toma la curva del fondo a toda velocidad y se dirige hacia él, deteniéndose al darle alcance. ¿Y quién baja del autobús? Sí, lo habéis adivinado. Paula ha venido al rescate, y baja sonriente, acompañada de la señora que nos había alquilado las bicicletas.
Cara de alegría al ser rescatado.
Cargamos la bicicleta en el autobús y la dueña se la lleva. Nosotros preferimos seguir caminando hasta casa, mientras no paramos de reírnos por la situación creada.
El resto de la tarde lo pasamos tumbados en las hamacas de nuestro alojamiento, leyendo y conversando.
Después de tanto cargar con la bici, mejor descansar un rato.
Para acabar el día cenamos langosta, arroz con frijoles y plátano frito; con la tripa bien llena nos vamos a dormir. Mañana toca madrugar y coger el autobús bien temprano para ir hasta Camagüey.
Pero eso, claro, lo contaremos en la próxima entrada. ¡Nos vemos!
Bellísimas aguas en Playa los Cocos.

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