4 días en Viñales y alrededores. Playas, aventura y naturaleza

diciembre 14, 2017

Hablar del Valle de Viñales es hablar de una región muy especial de Cuba. Alejada del encanto de La Habana, el ambiente colonial de Trinidad o los grandiosos resorts de Varadero, el entorno de Viñales nos ofrece la posibilidad de vivir una Cuba más auténtica, de naturaleza desbordante y playas bellísimas pero tranquilas.
Antes de la llegada de Cristóbal Colón, toda la región estaba habitada por aborígenes, los cuales se dedicaban, principalmente, a la caza, la pesca y la recolección de frutos, llevando una vida nómada. Si bien allá por el siglo XVI llegaron los primeros colonos a este territorio, no fue hasta el siglo XIX en que floreció el cultivo del tabaco, lo que conllevó la llegada del ferrocarril y nuevas rutas marítimas, aumentando la riqueza e importancia de Viñales.
Viñales se encuentra en el extremo más occidental de la isla, en la provincia de Pinar del Río.  La localidad se encuentra en pleno Parque Nacional Viñales, declarado Patrimonio de la Unesco en 1999. Su paisaje hermoso, en el que destacan los mogotes (elevaciones de roca caliza muy prominentes), su flora prominente, sus idílicas playas y su ambiente genuino hacen de la región de Viñales uno de los imprescindibles en cualquier viaje a Cuba.
En la actualidad el turismo es una de las principales fuentes de riqueza de la zona, dado que viajeros de todo el mundo se acercan en busca de actividades de aventura (escalada, senderismo, paseos a caballo…), playas paradisíacas y paisajes de postal.
Por esto, y mucho más, recomendamos pasar 3 o 4 días recorriendo Viñales y alrededores. ¿Nos acompañáis?
Atardecer en el Valle de Viñales. Hermoso, ¿verdad?

¿QUÉ HACER EN VIÑALES Y ALREDEDORES?

Como comentamos un par de líneas más arriba, nos parece que Viñales (y alrededores) merecen, al menos, 3 o 4 días de visita. Dedicar un par de días a visitar sus playas más famosas (las de Cayo Jutías y Cayo Levisa) y otros dos días más a recorrer el valle de Viñales (sea en bici, caminando o a caballo) puede ser un plan perfecto. Aquí van unas ideas generales:
- Pasear entre mogotes y parar a visitar alguna plantación de tabaco: existen rutas a caballo por todo el valle (con guía), aunque una muy buena posibilidad es alquilar una bicicleta e ir por libre. Esta última opción es la que recomendamos, sin duda.
- Acercarse a Cayo Jutías: una de las playas más bonitas que hemos visto. Se trata de una pequeña isla de 4 km2, de arena blanquecina y agua azul turquesa. Alejándonos unos centenares de metros de la playa principal podremos encontrar pequeñas playas en las que disfrutar de la soledad y del paisaje paradisiaco.
Alejados de la playa principal de Cayo Jutías, encontramos lugares bellísimos como este.
- Bañarse en Cayo Levisa: otra playa hermosa, más concurrida que la anterior pero no por ello menos bella. Son escasos los viajeros que toman el ferry diario que va a la isla, a la que solo se puede llegar de esta manera. En ella podremos realizar todo tipo de actividades, como submarinismo, kayak o un crucero al atardecer.
- Descubrir la naturaleza de su entorno: además de los espectaculares mogotes, en los alrededores de Viñales existen varias cuevas visitables, como la Cuevas del Indio, la  Cueva de San Miguel y la Gran Caverna de Santo Tomás (la más grande de Cuba).
Os contamos nuestros días en Viñales, ¡intensos pero muy recomendables!

VIÑALES, PRIMER DÍA. ATERRIZAJE Y TOMA DE CONTACTO

Llegamos a Viñales tras un larguísimo viaje en autobús desde Camagüey, con transbordo en La Habana; son las 12:30 del mediodía. El autobús de Viazul nos deja en la calle principal, así que descargamos nuestras mochilas y decidimos ir caminando hacia nuestro alojamiento. En realidad, Viñales son poco más de dos calles (la principal, que coincide con la carretera, y una calle paralela, en la que nos alojamos), por lo que llegamos enseguida a Casa Mary Luz. 
Recién llegados a nuestro colorido alojamiento.
Estamos realmente cansados, así que hoy únicamente queremos asentarnos en el pueblo y organizar nuestros próximos tres días. Aun así, salimos a comer algo, puesto que estamos bastante hambrientos.
Tras la comida nos  acercamos a la oficina de Cubanacan, situada en la calle principal, para intentar reservar el transporte desde Viñales a Cayo Levisa y a Cayo Jutías. Tras más de una hora de cola (no es que fuera larga, sino que la atención era lenta…) podemos organizar nuestras excursiones. Finalmente, conseguimos organizar el transporte a Cayo Jutías en un coche con dos viajeros más (nos cuesta 15 CUC/persona) y a Cayo Levisa por 39 CUC/persona; este último incluye transporte en autobús, ferry hasta la isla, bocadillo y bebida. Sí, los precios son caros, pero no existe la posibilidad de llegar a los cayos en transporte público. Quizá, negociando directamente con algún conductor en la calle puede ser un poco más barato, pero no sabemos si merece la pena (oímos alguna experiencia no demasiado buena).
Una vez resuelto este tema, regresamos a nuestro alojamiento a disfrutar de una merecida siesta.
A los 15 minutos de espera todavía sonreíamos. Aún nos tocaría esperar 45 minutos más.
Con las pilas recargadas, salimos a recorrer el pequeño pueblo. Llama la atención que, a diferencia de los demás lugares en que hemos estado, Viñales está muy preparado para el turista, con multitud de restaurantes de “comida rápida”, gente ofreciendo excursiones o paseos a caballo, etc…
Cenamos pronto, en un pequeño local cerca de casa (Tropical Club, con música en vivo todos los días, muy recomendado), y nos vamos a dormir.
Pequeño mercadillo en Viñales.

VIÑALES, SEGUNDO DÍA. CAYO JUTÍAS: ¿LA PLAYA MÁS BELLA DEL MUNDO?

Nos levantamos relativamente pronto y desayunamos abundante. Un Dodge de 1950 color azul turquesa para en la puerta para recogernos; viajaremos con una pareja de suizos bien simpáticos.
El trayecto hasta Cayo Jutías dura, aproximadamente, una hora y media. La carretera transcurre por zonas rurales, transformándose en pista con grandes baches durante unos cuantos kilómetros. Aunque es un viaje un poco largo, se hace ameno puesto que vamos contemplado, boquiabiertos, el paisaje. ¡Qué curiosa es la Cuba auténtica!
Llegamos a la playa principal de Cayo Jutías; en primera línea hay un bar-restaurante, con sombrillas y decenas de turistas tostándose al sol. El agua es de mil colores azules, las arenas blanquecinas. Nos gusta el sitio, nos gusta.
En la playa principal de Cayo Jutías hay sombrillas, tumbonas, bar, etc...
Sin embargo, habíamos leído en internet que caminando durante un rato nos podíamos alejar de esa zona más masificada hasta encontrar lugares más solitarios. Pues allá que vamos. Gafas de sol, protector solar a tope (sí, llevad protector solar del 50 porque la insolación es tremenda en Cuba) y a caminar en dirección oeste. 
En busca de las playas más solitarias.
El sendero está bien marcado, y transcurre paralelo a la costa, entre arbustos y algunas plantas. No tiene pérdida puesto que en todo momento tenemos el mar a pocos metros; en ocasiones, incluso debemos caminar por pequeños tramos de playa.
Caminando entre la vegetación.
En algunos momentos el camino continúa por la misma playa.
A los 20-25 minutos llegaremos a la primera de las playas pequeñitas, idílica. Una estampa de postal que cuesta describir con palabras. El agua, preciosa, está en calma y podemos disfrutar de este pequeño rincón de paraíso nosotros solos. Dejamos nuestras toallas en la cálida arena blanquecina y nos damos un chapuzón en las aguas templadas del Caribe. Qué maravilla de día y de lugar.
Esporádicamente pasa por la playa algún pequeño grupo de pescadores o alguna pareja de viajeros, en busca de otra playa similar; sin embargo, la sensación de tranquilidad es inigualable.
¡Bienvenidos al paraíso!

Disfrutando de este espectacular lugar.

Azules simetrías en Cayo Jutías.
Una señora irlandesa nos comenta que unos 10-15 minutos más al oeste existe una zona de playa todavía más grande, en la que se pueden observar estrellas de mar. Decidimos hacerle caso y continuar la ruta.
En un primer momento el sendero ya no parece tan claro, no está tan “pisoteado” como el que hemos cogido previamente. No obstante, podemos caminar por la playa, sorteando un grupo de árboles caídos, cuyos troncos son golpeados constantemente por las suaves olas. Una vez superamos esta zona de troncos (serán unos 100-200 metros caminando por el mar, con el agua hasta las rodillas), llegamos a la playa que nos había mencionado la irlandesa.
Nos encontramos ante una gran playa de arena blanquecina, prácticamente desierta. Al fondo, a lo lejos, vemos un pequeño grupo de pescadores intentando capturar algún pez con unas redes que lanzan manualmente, desde la orilla.
Uno de ellos nos indica que, si miramos con atención, podremos ver alguna estrella de mar a pocos pasos de la orilla. Efectivamente, enseguida vemos uno de estos curiosos animales, cuya coloración anaranjada contrasta con la arena blanquecina.
Esto es vida, sí señor.
Prestando un poco de atención podremos ver algunas estrellas de mar.
Playa preciosa y día fantástico.
Estamos un buen rato tomando cientos de fotografías en este lugar, hasta que nos damos cuenta de que la hora de regreso se está acercando (se nos ha pasado rapidísimo). Así pues, toca desandar el camino y volver a la playa principal (que sigue abarrotada de turistas). Allí ya nos espera el conductor, quien nos lleva de nuevo a Viñales.
Una vez en el pueblo, tras una buena ducha, salimos a cenar algo y, como la noche anterior, a tomar un mojito y un cubalibre al Tropical Club (nos apasionó la música en directo de este local).
Paseando por la plaza principal de Viñales.

VIÑALES, TERCER DÍA. DESCUBRIENDO EL VALLE

Hoy, por fin, vamos a recorrer el Valle de Viñales. Existen numerosas posibilidades de conocerlo, bien sea caminando (lo cual es difícil por su amplitud), a caballo o en bicicleta. Nosotros optamos por hacer un tour guiado a caballo (todos cometemos errores, y desaconsejamos totalmente hacer el tour de esta manera).
Para recorrer el valle se transita por unos estrechos senderos de tierra, con constantes subeybajas, que suelen convertirse en auténticos barrizales tras las lluvias. Las rutas duran aproximadamente cuatro horas, con varias paradas a ver los puntos “interesantes”. Y sí, lo ponemos entre comillas puesto que, aparte del espectacular paisaje (con los imponentes mogotes) las paradas son cualquier cosa menos interesantes. La primera de ellas es en una plantación de tabaco donde, tras una brevísima explicación, únicamente intentan vender puros y ron cubano. La segunda parada es en la Cueva del Silencio: se trata de una cueva diminuta con una charca de barro en su interior, y ¡cobran 2 CUC por entrar! No malgastéis vuestros CUC en entrar a esta cueva, por favor.
Paseando por el valle de Viñales, rodeados de mogotes.
Finalizada la mañana por el valle regresamos al alojamiento a descansar un poco. Puesto que llevamos buena hora, le preguntamos a la casera dónde podemos alquilar bicicletas. Enseguida nos pone en contacto con un joven que nos las pretende alquilar por ¡20 CUC! Tras un rato de negociación las conseguimos por un precio más barato, aunque nos sigue pareciendo un timo. Sin embargo, necesitamos unas bicicletas para la tarde, así que no nos queda otra.
Ya con nuestras bicicletas, nos dirigimos en primer lugar al Mural de la Prehistoria, situado a unos 4 kilómetros al este de Viñales. A pesar de su pretencioso nombre, en realidad nos encontramos ante una pintura mural multicolor, de más de 180 metros de ancho y 120 de alto, realizada en 1961 por el artista Leovigildo González. La entrada es de pago, aunque dado su tamaño, se puede contemplar perfectamente desde la lejanía.
Colorido e inmenso, sí. Prehistórico...no tanto.
Desde allí decidimos continuar, en bicicleta, y realizar un recorrido circular rodeando dos de los gigantescos mogotes, para regresar a Viñales por otro camino. Aunque no disponemos de un mapa con la definición suficiente, nos fiamos de nuestra orientación y de que los caminos son bastante transitados. Así, realizamos una bonita ruta durante algo más de una hora por los caminos de tierra rojiza.
En mitad de la ruta en bici encontramos un bar con terraza y excelentes vistas.

Este gigantesco árbol se veía desde la lejanía; el camino pasaba bajo sus ramas.

Autofoto en el Valle de Viñales.

La bicicleta nos pareció la mejor manera de recorrer el valle.
Al finalizar el camino estamos, literalmente, rebozados en arena. Pero el día no ha acabado, así que aún queremos explorar un poco más la zona. Nuestro siguiente destino es el Hotel Los Jazmines, situado en lo alto de una montaña; nos han dicho que las vistas desde allí son espectaculares. Montamos de nuevo en nuestras bicicletas y cogemos la carretera en dirección a Pinar del Río, que asciende a lo largo de 4 kilómetros hasta llegar al Centro de Interpretación del Parque Viñales. Echamos un vistazo, mientras descansamos un poco, y continuamos unos pocos kilómetros más (también en subida) hasta llegar al Hotel Los Jazmines. Este hotel, de aspecto lujoso, tiene unas vistas panorámicas del valle que quitan el aliento. Ha merecido la pena la sudada en bicicleta para llegar hasta aquí.
Se trata de un sitio ideal para ver el atardecer, aunque no nos gusta la idea de bajar medio de noche por la carretera. Por ello, emprendemos el camino de regreso a Viñales.
Amplias vistas, poco antes de llegar al hotel.
Sin embargo, a aproximadamente 1 kilómetro del pueblo vemos, a nuestra derecha, un bar situado en lo alto de una colina, señalizado con un sugerente cartel: “Puesta de sol.Vistas al Valle”. Una descompuesta senda asciende hasta el sencillo bar; bajamos de las bicicletas y subimos el camino empujándolas; comprobamos que el cartel estaba en lo cierto: las vistas son de escándalo. Así que allí nos detenemos a tomar unas cervezas mientras el sol se pone, lentamente, en el horizonte del Valle de Viñales.
Un final merecido para un largo día.
Recordad este cartel y visitad el bar que está allí arriba, en la colina...


...puesto que podréis disfrutar de este hermoso atardecer.

VIÑALES, CUARTO Y ÚLTIMO DÍA. PLAYAS DE CAYO LEVISA

Nos toca madrugar en este último día en Viñales. Son las 07:30 y ya estamos preparando nuestra pequeña mochila para, enseguida, dirigirnos a la oficina de Cubanacan.
En la puerta, pasadas las 08:00, nos recoge un autobús. Subimos unos 25 viajeros, rumbo a Cayo Levisa.
El trayecto en bus dura una hora y 10 minutos, hasta que llegamos a la terminal del ferry. Enseguida nos montamos en el barco; aparte de la tripulación no hay ningún otro cubano. Según nos dijo un joven el día anterior, los locales no pueden acceder a la isla a menos que sea para trabajar, puesto que “somos muy sucios y ensuciaríamos la playa”, según nos contó. No sabemos si realmente tienen el acceso a Cayo Levisa prohibido; lo que está claro es que, tal y como vimos en Santa Lucía, algunas playas están realmente llenas de basura.
Nos separan unos 30 minutos de la famosa isla, en un viaje en barco que se pasa rápido.
A nuestra llegada nos ofrecen un pequeño cóctel de bienvenida y nos explican los horarios y las actividades que, si así lo deseamos, podemos contratar.
Una vez finalizan las explicaciones, nos acercamos al guía para preguntarle por alguna playa aislada, más tranquila. Nos indica que nos acerquemos a Punta Arena, en la punta este de la isla.
Las playas de Cayo Levisa, preciosas igualmente.
Tomamos una senda muy evidente, que parte desde la misma playa. Primero atraviesa una zona de vegetación y, posteriormente, una zona de árboles muertos que confieren a la zona un ambiente mágico. Las fotos en este lugar resultan espectaculares.
Tras unos 15-20 minutos de caminata llegamos a Punta Arena, donde sopla con fuerza el viento. Se trata de una lengua de arena con forma semicircular, en la que todavía quedan en pie los restos de un bar y unas pequeñas cabañas. Cualquier época pasada fue mejor, parecen decirnos.
Aunque es cierto que es un lugar más tranquilo, el viento sopla con fuerza y no permite disfrutar de esta zona de la isla. Por ello, decidimos regresar a la playa principal.
Caminando entre los troncos de los árboles.

Estamos en un lugar realmente fotogénico.

Creo que aquí me quedo yo el resto del día, que se está de maravilla.
Allí pasamos el resto de la tarde leyendo, dándonos un baño o, simplemente, conversando.
A media tarde regresa el ferry; llegamos a Viñales con las últimas luces del día. Aprovechamos para cenar abundantemente en el restaurante Tropical Club (casi no se nota que nos gustó, ¿verdad?) y, realmente cansados, nos vamos a dormir.
Mañana únicamente tenemos que tomar el autobús de vuelta a La Habana y, directamente, iremos para el aeropuerto.
Se acaba nuestro viaje a Cuba. Un viaje de contrastes y con cierto regusto agridulce. ¿Ha valido la pena? Evidentemente, ¡SÍ!
El color de las aguas de Cayo Jutías quedará en nuestra memoria.

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