Pisa, Cinque Terre y Florencia (II): Cinque Terre, mil colores a orillas del mar

enero 19, 2018

Visitar Cinque Terre (“cinco tierras”, si lo traducimos al castellano) es visitar unos hermosos pueblos que, a pesar de que los hemos visto mil veces en fotografías, sabemos que in situ nos sorprenderán todavía más.
Situados en la costa de la región de Liguria, los pueblos de Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore están separados entre sí por apenas 10 kilómetros. Muestran al visitante sus casas de colores, que se yerguen altivas junto a la rocosa costa. Sus calles, estrechas y sinuosas, pretenden transportarnos a tiempos pretéritos.
En 1997 fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, lo que sin duda ha contribuido al gran número de turistas (en ocasiones agobiante) en cualquier época del año. Además de los coquetos núcleos de población, una gran maraña de senderos recorre el Parco Nazionale delle Cinque Terre, lo que aumenta las posibilidades de disfrute en la zona.
Como os podéis imaginar, una visita a Cinque Terre no podía faltar en nuestra escapada a Pisa y Florencia. ¿Nos acompañáis?
Fabuloso Manarola.

DATOS PRÁCTICOS

- ¿Cómo llegar? ¿Cómo moverse?: aunque se puede llegar en coche, ésta no es la mejor opción. No debemos olvidar que son pequeños pueblecitos situados al borde de acantilados; las carreteras que llegan hasta allí son estrechas y tienen miles de curvas. La opción ideal para el viajero es el tren. Los trenes de la línea Genova – La Spezia tienen una frecuencia (al menos) horaria, por lo que es muy sencillo moverse entre un pueblo y otro. Los billetes se pueden comprar en cualquiera de las estaciones; lo más adecuado es adquirir la Cinque Terre Card, que nos permite viajes ilimitados durante todo un día, entre otras ventajas (más info en este enlace).
Nuestros billetes del Cinque Terre Card.

- ¿Dónde alojarse?: en los pueblos de Cinque Terre podemos encontrar alojamientos de todo tipo, generalmente con un precio algo elevado. En temporada alta conviene reservar con bastante antelación puesto que la ocupación es completa. En nuestro caso optamos por dormir en la ciudad de La Spezia, a solo 10 minutos en tren, donde los alojamientos tienen precios más asequibles.
Nos alojamos en La Spezia, una ciudad grande a solo 10 minutos en tren de Cinque Terre.

- ¿Qué hacer?: como ya hemos comentado antes, recorrer sin rumbo establecido las empinadas calles de estos pueblos es una idea fantástica. Pasear de un lado para otro, mecidos por la brisa marina, resulta inmensamente placentero. Eso sí, son pueblos con constantes subidas y bajadas, por lo que, posiblemente, acabemos agotados tras una larga jornada de caminata. Creemos que con dedicar una hora y media o dos en cada localidad es más que suficiente.
Si, además, tenemos ganas de algo de aventura, podemos optar por recorrer los senderos que unen los pueblos entre sí. Conviene consultar previamente si dichos senderos están abiertos, puesto que se cierran con frecuencia por las inclemencias del tiempo o por desprendimientos. Por último, disfrutar de un bello atardecer en la localidad de Vernazza es una opción que aconsejamos al 100%.
Vernazza, de postal, con las últimas luces del día.

¿CÓMO FUE NUESTRA VISITA?

Salimos de Pisa en un tren hasta La Spezia, al mediodía (7,6 €/persona, 1 hora y 15 minutos de viaje). A pesar de que dormimos aquí, no podemos ir al hotel todavía, así que tomamos otro tren hasta el primero de los pueblos de Cinque Terre: Riomaggiore. Apenas 10 minutos de tren nos separan de esta bella localidad.
Riomaggiore tiene su origen allá por el siglo XIII, y se caracteriza por su pequeña playa rodeada de casas coloridas de 2-3 plantas, donde se amontona la gente para ver atardecer.
Salimos de la estación y comenzamos a callejear, intentando ascendiendo por empinadas calles hasta alcanzar las ruinas del Castillo de Riomaggiore, construido en el año 1260. Aunque dicho castillo se encuentra semiderruido, las vistas del resto del pueblo desde lo alto merecen la pena.
Riomaggiore, desde lo alto.
Seguimos nuestro camino descendiendo hasta una pequeña plaza en la que se sitúa la Iglesia de San Giovanni Battista, de estilo neogótico. No nos detenemos demasiado, puesto que las luces del atardecer comienzan a teñir las casas con sus tonos cálidos, y queremos ver la puesta de sol en el pequeño puerto.
Descendemos por la calle principal hasta llegar a este coqueto rincón. Unas pocas barcas aguardan pacientes en una pequeña plaza, a pocos metros de donde las olas golpean suavemente el puerto.
El minúsculo pero coqueto puerto de Riomaggiore.
Desde allí parten, en ascenso, dos callejuelas donde la gente se apelotona para conseguir un buen lugar desde el que tomar fotografías.
La callejuela más al norte es el inicio de la Via dell’Amore, un sendero precioso que conecta con la vecina población de Manarola. Por desgracia para nosotros, se halla cerrado y no podemos recorrerlo.
Así pues, caminamos unos metros en la otra dirección para llegar a un pequeño mirador desde el que contemplar, hacinados entre otros viajeros, la mejor panorámica de Riomaggiore, con las luces del atardecer.
Una vez se pone el sol, regresamos en tren a La Spezia, donde cenamos y nos vamos a dormir.
Poco a poco la gente se amontona para disfrutar, desde el mirador, de un bello atardecer.

Las casas están colgando junto al mar.

Bonitos tonos al atardecer.
Tomamos un reconfortante y calentito cappucino para desayunar, puesto que el día se ha despertado un tanto gris y con amenaza de lluvia.
Nos acercamos a la estación de trenes de La Spezia, donde compramos la Cinque Terre Card, que por 13 € cada uno nos permite viajes ilimitados en el tren regional, así como entrada gratuita a los baños de las estaciones, WIFI, etc…). Los trenes pasan cada hora o, incluso, cada media hora, así que son muy útiles para moverse por Cinque Terre.
Dado que ayer ya visitamos Riomaggiore, nuestra primera parada es en Manarola. Se trata, probablemente del más antiguo de los pueblos de Cinque Terre y, para nosotros, uno de los más bonitos.
Salimos de la estación y atravesamos un túnel hasta llegar a la calle principal, junto al mar. Desde allí divisamos, hacia el norte, un sendero que asciende hasta un mirador. Y, evidentemente, hacia allí se dirigen todos los turistas.
Llegamos a la estación de Manarola.

Tenemos que atravesar este túnel para llegar al centro de la población.

Calle principal de Manarola.

Al fondo se ve el paseo desde el que tendremos una excelente panorámica.
En menos de 5 minutos nos hallamos en dicho mirador, desde donde las vistas a la localidad de Manarola son fascinantes.
Una amable viajera nos hizo esta foto a los dos.
Por desgracia, el día gris no acompaña, y empieza a lloviznar. Es por ello que, tras un breve paseo por el pueblo, regresamos a la estación de tren para llegar a nuestro siguiente destino.
Regresando del mirador.
Apenas nos ha dado tiempo de sentarnos en el tren cuando llegamos a Corniglia. Es el único pueblo de las Cinque Terre que no se halla a orillas del mar. Para acceder a él debemos ascender nada más y nada menos que 377 escalones desde la estación de tren, aunque existe la opción de caminar por la carretera dando un rodeo.
Subiendo a Corniglia. ¡377 escalones!
Aunque, claro, subir tantos escalones tiene la recompensa de unas amplias vistas.
Merece la pena entrar a echar un vistazo a la Iglesia de San Pedro; aunque el lugar más bonito de la localidad es el mirador situado en lo alto, desde el cual se ven, a lo lejos, Manarola y Riomaggiore.
Mientras esperamos a que llegue el siguiente tren, entramos en un pequeño bar junto a la iglesia de San Pedro, en el que degustamos unas deliciosas focaccias.
Interior de la Iglesia de San Pedro.

Uno de los rincones de Corniglia.

Desde este mirador las vistas de Cinque Terre son soberbias.
En lugar de dirigirnos, como sería lógico, a Vernazza, nos “saltamos” esta localidad porque queremos dejarla para el atardecer. Así, tomamos el siguiente tren y bajamos en Monterosso. Se trata del pueblo más grande de Cinque Terre, y está claramente dividido en una parte moderna y una más antigua.
Al salir de la estación de tren nos topamos con una playa, vacía en esta época del año. Nos dirigimos hacia el sur (la izquierda según salimos) para llegar a la parte antigua. De toda la localidad, lo único que nos gusta es la Iglesia de San Giovanni Battista, decorada con franjas blancas y negras.
Monterosso es distinto a los demás lugares, más grande y menos abrupto.

Fachada de la Iglesia de San Giovanni Battista.

Interior de la iglesia, con sus curiosas franjas blanquinegras.

A pesar de que es el pueblo que menos nos gustó, también encontramos algún rincón especial.
La última parada del día es en Vernazza, sin duda el enclave más pintoresco de Cinque Terre. Sus calles, estrechas y laberínticas, invitan a perderse con calma.
En primer lugar subimos al Castillo Doria (entrada 1,5€/persona); no es demasiado interesante pero desde lo alto de su torre las vistas son extensas.
¡Hola, hola!
Una vez bajamos del castillo, callejeamos un poco hasta llegar a la plaza situada junto al puerto. Allí destaca la Iglesia de Santa Margarita de Antioquia, a orillas del mar, y que visitamos.
Plaza principal de Vernazza, a orillas del mar.
Desde esta misma plaza parte, por unas estrechas escaleras (y no muy bien señalizado), el sendero que se dirige a Monterosso. Lo tomamos para ganar altura, primero por calles asfaltadas y posteriormente por una senda estrecha hasta obtener unas vistas panorámicas de toda la localidad.
Vernazza al atardecer.
Poco a poco se unen a nosotros otros viajeros que desean contemplar el atardecer desde este punto. Armados con sus potentes cámaras o móviles de última generación desean, igual que nosotros, inmortalizar las bellas luces del atardecer.
Tras capturar decenas de fotografías, regresamos a la estación para volver a La Spezia, ya entrada la noche.
Imprescindible ascender un poco y disfrutar de un atardecer como este.
Mañana toca desplazarse hasta Florencia, pero eso… ¡en la próxima entrada!
¡Ciao, Cinque Terre!

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