Qué hacer 3 días en Roma: nuestra experiencia

febrero 07, 2019

Hace unos pocos días os contábamos los datos prácticos para un viaje de tres días a Roma, la fabulosa Ciudad Eterna, que nos cautivó con sus calles repletas de historia. Sin embargo, creemos que la entrada estaba incompleta, puesto que además de los datos prácticos es muy importante conocer las sensaciones del viajero, los detalles que no están en las guías, el pálpito que nos transmite cada rincón en cada viaje. Aquí va nuestra experiencia durante tres días en Roma.

Vista del Foro Romano.

DÍA 1. LA ROMA MÁS ANTIGUA




Suena el despertador temprano. Disponemos tan solo de tres días en Roma, y queremos aprovecharlos al máximo.
Roma comienza a desperezarse y hace bastante frío, así que caminamos a buen ritmo para llegar a nuestro primer objetivo, el Coliseo, originalmente conocido como Anfiteatro Flavio. 
A pesar del madrugón, cuando llegamos vemos ya un par de largas filas. Una de ellas finaliza en una pequeña garita; allí es donde se cambian las reservas efectuadas por internet (algo más caras, pero ahorran bastante tiempo de espera) por los billetes de entrada. La segunda fila, mucho más larga, se encuentra bajo las ruinas del inmenso anfiteatro, y avanza despacio. Sí, es la nuestra, la que debemos tomar si no hemos hecho reserva por internet. Pensábamos que madrugando bastante podríamos entrar rápidamente, pero llegar a las nueve es demasiado tarde. Abren a las 08:30 h; y mucha gente llega incluso antes de esa hora. Lección aprendida.
Largas filas siempre para el Coliseo.
Esperamos, abrigados y pacientes, unos cincuenta minutos, celebrando cada metro que adelantamos en dirección a la entrada. Mientras aguardamos nuestro turno, numerosos guías ofrecen entradas con visita guiada evitando la espera. Amablemente declinamos las constantes ofertas, aunque un buen puñado de gente accede, en vista del tiempo que toca esperar.
¡Por fin llegamos a la taquilla! Pagamos los 12 € por persona de la entrada combinada Coliseo, Foro y Palatino y entramos al monumental edificio, ascendiendo por una gran escalera.
Tras recorrer una interesante exposición sobre los aspectos más relevantes de la época en que se construyó el Coliseo, salimos por fin a contemplar su gran interior. Ya con vistas al mítico recinto, no cuesta nada cerrar los ojos e imaginarse, unos dos mil años atrás, presenciando un espectáculo de gladiadores. Casi podemos oír al enfervorecido público gritando y ovacionando a sus héroes.

Intentamos, durante un buen rato, esquivar a la gente para encontrar un pequeño hueco donde tomar fotos sin aparecer rodeados de decenas de personas. Aunque nos cuesta lo suyo, finalmente lo conseguimos.
Dos metros libres para tomar una foto. ¡Aprovechemos!
Rodeamos el Coliseo por una de sus galerías exteriores, deteniéndonos cada pocos metros a leer la guía que llevamos y que tan útil nos resulta para aprovechar las visitas al máximo. La visita nos ocupa, en total, unas dos horas y media.
Justo al lado del Coliseo se encuentra el Arco de Constantino, también muy fotogénico y con una decoración profusa, que merece que nos detengamos un buen rato a contemplarlo.
¡Qué bien que ha salido el sol!
A nuestra izquierda vemos otra larga fila que, en este caso, es la que se dirige al Foro Romano. No tenemos que comprar una nueva entrada pero, aun con todo, la espera son unos 30 minutos, aproximadamente.
Una vez entramos al recinto, junto al Arco de Tito, nos sentamos a devorar nuevamente nuestra guía para poder planificar el mejor recorrido y no perdernos ningún detalle. Por fortuna, en nuestra guía hay un recorrido sugerido que nos viene a las mil maravillas.
Así, primero ascendemos a la zona del Palatino. Allí, desde lo alto, se tienen las mejores vistas del Foro. Reconocemos el Templo de César, el Arco de Septimio Severo, la Basílica Emilia, la Via Sacra y el Arco de Tito, entre otros.
Detalle del Foro, visto desde el Palatino.

Siglos de historia.

Dentro del Monte Palatino nos impresiona, sobre todo, el Stadio Palatino, de unas medidas extraordinarias.
Esto era el Stadio Palatino. 
Seguimos caminando hasta llegar al Foro, donde paseamos bajo las inmensas columnas marmóreas, imaginando la grandeza, belleza y perfección de los templos cuando se construyeron. Sin duda, el centro de la vida romana hace dos mil años debía de ser un lugar precioso.
La visita al Foro y el Palatino, con calma y deteniéndonos a leer la guía cada poco tiempo, nos lleva unas 3 horas.
Recordad: imprescindible una buena guía, ya que la visita se aprovecha muchísimo más.
Nos planteamos qué hacer ahora. Son las 15:30 h, por lo que aún disponemos de un par de horas de luz para recorrer la ciudad. Finalmente optamos por ir, caminando (unos 30 minutos), hasta las Termas Caracalla.
Aunque no sea una de las visitas más populares de Roma, quizá porque están algo alejadas de los demás puntos de interés, queremos darles una oportunidad.
Pagamos los 8€ de la entrada y, en pocos minutos, nos damos cuenta de que son impresionantes. Los antiguos baños públicos de Roma, aunque derruidos parcialmente por un terremoto en el siglo IX, siguen rezumando aires de grandeza y lujo. En algunas zonas se pueden apreciar todavía los mosaicos que lo decoraban todo, con un detalle asombroso. La visita nos lleva, aproximadamente, una hora. Muy recomendables.
¿Os imagináis un gigantesco spa decorado con mosaicos como este?
Aprovechando que estamos alejados del centro, en la zona sudeste de Roma, damos otro buen paseo hasta llegar a la Archibasílica de San Juan de Letrán. En primer lugar entramos, brevemente, a visitar su baptisterio, situado en un edificio totalmente independiente a la basílica.
El sol comienza a caer, acompañado de un marcado descenso de la temperatura, por lo que agradecemos cada rato que pasamos a cubierto.
Pasamos el control de seguridad y entramos a la grandiosa Archibasílica. Ya en un primer vistazo nos gusta, por su amplitud, su techumbre decorada de manera profusa y por las espectaculares esculturas de los doces apóstoles.
Obsérvense las esculturas de los doce apóstoles.

Juegos de luces y sombras.
Muy cerca de allí se encuentra el edificio que alberga la Scala Santa (Escalera Santa), nuestro siguiente destino. A pesar de que dicha escalera se encuentra en obras y sólo la podemos ver a través de un cristal, numerosos peregrinos ascienden, de rodillas, otra de las escaleras del templo, a modo de penitencia.
Ya de noche regresamos hacia la zona más céntrica de Roma. Aunque damos un pequeño rodeo, queremos acercarnos a la Iglesia de San Pietro in Vincoli. Llegamos apenas 20 minutos antes de que cierren, pero es suficiente para contemplar las Cadenas de San Pedro y el impecable Moisés de Miguel Ángel, una de las obras escultóricas más célebres y aclamadas de Roma.
La gente camina hacia el fondo, en busca del Moisés de Miguel Ángel.
Regresamos a nuestro alojamiento, no sin antes parar brevemente a contemplar la Columna de Trajano. Tirando de zoom, y ayudados por nuestro trípode, conseguimos captar los miles de detalles de la decoración de la columna. Impresionante.
Imaginaos toda una columna, grandiosa, decorada hasta el mínimo detalle.
Vamos a cenar al lado del apartamento, en una pequeña trattoria llamada Alfredo e Ana. Llegamos diez minutos antes de que abran y ya hay gente esperando, lo que presagia que la cena será buena. Y, sin duda, así es. La lasagna de alcachofas es, sencillamente, deliciosa.
De camino a casa damos un paseo por los alrededores de Piazza Navona, y nos vamos a dormir temprano puesto que mañana toca, nuevamente, madrugar.

DÍA 2. VATICANO Y TRASTEVERE




Volvemos a madrugar, hoy un poco más que ayer.
Salimos del apartamento y enseguida cruzamos el Puente de Sant’Angelo, con vistas al fondo del gran Castillo de Sant’Angelo. Como es temprano, apenas hay gente paseando a estas horas por la zona.
Nuestra intención no es visitar el castillo, sino que pretendemos llegar a buena hora al Vaticano, para evitar las largas filas que se forman en la entrada de su célebre basílica.
Vistas al Puente y Castillo de Sant'Angelo, sobre el río Tíber.
Entramos a la ciudad-estado por la Via della Conciliazione, mientras los primeros rayos de sol iluminan la gran cúpula de la Basílica de San Pietro.
Llegamos a la Piazza San Pietro y vemos que mucha gente ha pensado como nosotros, y aguardan pacientemente para poder entrar, avanzando lentamente mientras los más adelantados superan el control de seguridad. En unos quince minutos llega nuestro turno, un tiempo más que razonable.
Decidimos ascender, en primer lugar, a la cúpula. Si bien la entrada a la basílica es gratuita, para llegar a lo más alto pagamos 8 € por persona (10 € si deseamos realizar una parte del trayecto en ascensor). El ascenso lo realizamos primero por una rampa en espiral y, posteriormente, por varios tramos de cómodas escaleras. Unos 550 escalones en total, no está mal.
Al salir de las escaleras nos encontramos en la base de la cúpula, decorada con unos mosaicos realmente espectaculares. Ahí abajo, casi 100 metros bajo nuestros pies, podemos contemplar el interior de la majestuosa basílica.
Ascendemos unos cuantos escalones más para salir al mirador, ya en la parte más alta. Vistas de 360º a la ciudad de Roma destacando, en dirección este, la Plaza de San Pedro. Vemos que, apenas unos minutos después de haber entrado nosotros, se ha formado una fila para entrar a la basílica que da la vuelta a toda la plaza. Por cosas como esta decimos siempre que hay que madrugar.
Ojo al detalle de la gente esperando para entrar en la basílica, rodeando la plaza.
Descendemos de la cúpula y entramos al templo, de un tamaño y decoración magníficos (más de 200 metros de largo y 136 de alto). Sus tres grandiosas naves, el suelo de mármol, las incontables esculturas y frescos que decoran sus paredes... Entre todos ellos destacan dos esculturas: la Piedad de Miguel Ángel y la estatua de San Pedro, cuyo pie es besado por los fieles venidos de todo el mundo.
Tras contemplar la parte principal de la basílica descendemos a las Grutas Vaticanas, donde se hallan enterrados numerosos papas.
Más de cien metros por encima de nuestras cabezas está la gran cúpula.

Magnífico baldaquino de bronce, obra de Bernini.

Escultura de San Pedro.
Son casi las once de la mañana, por lo que debemos apresurarnos a llegar a la entrada de los Museos Vaticanos. Habíamos comprado la entrada por internet (21 €) para evitar las largas filas que se forman también aquí. Bastante antes de llegar reparamos en la interminable hilera de gente que espera, bajo el frío romano, a poder entrar. Nosotros, con la entrada en la mano, nos dirigimos a la puerta directamente y sin espera.
Pasamos los controles de seguridad, dejamos el trípode en las taquillas (prohibido meterlo dentro) y nos disponemos a disfrutar de una interesante visita cultural.
Estamos unas 3 horas y media visitando el gigantesco museo, a ritmo tranquilo pero sin detenernos en todas y cada una de las esculturas y pinturas, lo cual podría llevar días (o semanas).
Uno de los centenares de estatuas de los Museos Vaticanos: Laocoonte y sus hijos.
La afluencia al museo es elevadísima, y en ocasiones más que una pinacoteca parece el metro en hora punta. En algún momento, literalmente, no podemos caminar a voluntad, sino que somos empujados por la muchedumbre, cual sardinas en lata, en el sentido de la visita. Por fortuna, no en todos los pasillos es así, puesto que la sensación es bastante agobiante.
Pero claro, como no podía ser de otra manera, las salas que muestran los frescos de Rafael o la célebre Capilla Sixtina están a rebosar.
Esta última es, sin lugar a dudas, la visita más anhelada dentro del museo. De hecho, el itinerario sugerido de visita finaliza en dicha capilla, y existen varias rutas alternativas para llegar de manera más rápida. Muchos visitantes únicamente se dirigen a este lugar, obviando el resto del museo y, por tanto, perdiéndose una ingente cantidad de preciosas obras de arte. ¿Nuestro consejo? No os perdáis ni una sala, en todas ellas hay algo de gran interés; contad con, al menos, tres horas para tener una visión general.
La Escuela de Atenas, de Rafael.

Detalle de uno de los frescos.
Dejamos el Vaticano para ir a uno de los barrios con más solera de Roma: el Trastevere. Bohemio, con rincones de gran encanto y numerosos bares y restaurantes, es una visita obligada.
Paseamos por algunas de sus calles, al azar, y nos topamos con la Gelateria Artigianale Cremi, que muchos nos habían recomendado. Disfrutamos de unos deliciosos helados, a pesar del frío que impera en la ciudad.
El epicentro del barrio es la Piazza Santa Maria, donde se halla la Iglesia de Santa Maria in Trastevere. Nos gustan, especialmente, los detallados mosaicos tanto de su exterior como su interior.
Nuestros pasos nos llevan, después, a la Iglesia de Santa Cecilia, no tan llamativa pero que también merece una breve visita.
Típico restaurante en un típico rincón del Trastevere.

Santa Maria in Trastevere.
Atravesamos nuevamente el Tíber para acercarnos a la Bocca della Verità. Sin embargo, la fila de gente que espera para hacerse una foto es mucho más larga de lo que nos gustaría, así que nos conformamos con verla desde un lateral. Sí entramos a la Basílica de Santa María in Cosmedin, en una de cuyas paredes se sitúa la famosa roca con forma de cara.
Basílica de Santa Maria in Cosmedin. La fila es gente esperando para fotografiarse con la Bocca della Verità.
Iniciamos el camino de regreso a casa, con el atardecer, y pasamos por delante del Teatro Marcelo. Aunque está medio en obras, nos recuerda al Coliseo (en pequeño) y resulta bastante fotogénico.
Unos metros más adelante se encuentra la plaza del Campidoglio, a la cual accedemos por una escalinata, cuya iluminación nocturna la hace aún más bonita. Desde la parte noreste de la plaza surge una callejuela que nos lleva a un mirador del Foro. Interesante acercarse hasta aquí, aunque cueste un poco encontrarlo.
La Plaza del Campidoglio, de noche, es realmente bonita.
Ya que estamos, subimos los incontables escalones que nos llevan a la Iglesia de Santa Maria in Aracoeli. A pesar de que no es de las más conocidas y algunas guías ni la nombran, en ella existe una escultura del niño Jesús a la que fieles de todo el mundo envían cartas.
Nuestra última visita del día es el monumento a Vittorio Emmanuele II, un gigantesco y fastuoso edificio de mármol blanco. En su parte superior hay un buen mirador con unas vistas excepcionales; sin embargo, los 18€ que cuesta tomar el ascensor hacen que no subamos. ¡¿¡Pero qué precio es ese!?!
Sin embargo, sí que nos animamos a entrar por las escalinatas y cotillear un poco su interior, aprovechando los últimos minutos antes del cierre.
Pedazo de edificio: el Monumento a Vittorio Emmanuele II.

Blanco marmóreo.

El día ha sido largo, así que regresamos a la zona de nuestro alojamiento para cenar. Un amigo nos recomendó el Da Simo Pane e Vino y le hacemos caso; la elección es excelente. Una pasta y pizza deliciosas, de las mejores del viaje.
Paseamos hasta el apartamento y caemos rendidos, ¡qué día más intenso!

DÍA 3. RECORRIENDO LAS IGLESIAS DE ROMA


Último día en la Ciudad Eterna y, evidentemente, hoy también lo aprovecharemos al máximo.
Iniciamos el día caminando por el Corso Vittorio Emmanuele II y echamos un vistazo al Palazzo della Cancelleria y a la Iglesia de San Lorenzo in Damaso. Ambos sin más.
Porque, claro, uno de los platos fuertes del día llega enseguida: la Piazza Navona. De gran tamaño y con sus tres fuentes, está muy animada a todas horas. Nos encanta su ambiente, sin duda, por lo que la recorremos tranquilamente intentando captar todos los detalles que nos ofrece.
La siempre reconocible Piazza Navona.
La siguiente parada también es notable. Es el Panteón de Agripa, uno de los edificios más antiguos y emblemáticos de Roma. Entrar y contemplar la cúpula con su inmenso óculo (de 9 metros de diámetro) es sobrecogedor. Minutos de silencio, contemplando este milagro de la arquitectura.
Lo que tengo detrás es el Panteón. ¡Mola!

Fijaos en las dos partes, bien diferenciadas, del Panteón.

9 metros de diámetro. ¡Es inmenso!
Muy cerca del Panteón se encuentra la Piazza della Minerva, presidida por un antiquísimo obelisco a lomos de un elefante. La Basílica de Santa Maria sopra Minerva es amplia y bien decorada, nos gusta sobre todo su techumbre de color azul intenso.
Curioso obelisco.
Nuestro próximo destino es de lo más curioso. Estamos en la Iglesia de San Ignacio de Loyola, otro de los grandes templos de Roma. En él destaca su bóveda, obra de Andrea Pozzo. Pero, sin duda, lo que más nos llama la atención es su cúpula. ¿Por qué? No adelantamos nada, pero os recomendamos que paséis por allí a contemplarla...
Impresionante cúpula. Pero más impresionante si la veis en persona.¿Sabéis por qué?
Seguimos recorriendo el centro, pasando por la Piazza di Monte Citorio, donde se halla la sede del Congreso de los Diputados italiano. Muy cerca de allí hacemos un alto en el camino para disfrutar de un espectacular helado en la heladería Giolitti; tras tanto lugar a visitar, es la mejor opción para descansar un rato.
Helados de mil sabores.
Reemprendemos la marcha pasando por la Piazza Colonna. Con casi 40 metros de altura, la Columna de Marco Aurelio, decorada con unos impresionantes bajo relieves. Contrastando con el cielo azul, es una de las imágenes que quedará en nuestra memoria.
Hermoso día en Roma.

Toda la columna está decorada con bajo relieves tan impresionantes como esto que vemos aquí.
Dejamos a un lado la tranquilidad de la Piazza Colonna para sumergirnos, casi literalmente, en una de las zonas más abarrotadas y ajetreadas de toda la ciudad: la Fontana di Trevi.
Empujones, apreturas, roces y apenas unos centímetros para poder acercarnos a contemplarla. Entre tanta gente conviene prestar atención: es una de las zonas donde los borseggiatori (carteristas) más fácil lo tienen. Nosotros, por fortuna, no tuvimos ningún problema. Bueno, si se puede considerar un problema el estar más de media hora para encontrar un hueco para hacernos una foto...entonces sí, tuvimos un problema.
La gente se agolpa en la Fontana di Trevi.

Escultura del Océano.
Nos dirigimos ahora a la Piazza Spagna, otra de las plazas monumentales de Roma. Casi todo el mundo que la visita se concentra en torno a la Fontana della Barcacia y, fundamentalmente, en la Scalinata di Trinità dei Monti. Subimos por dichas escaleras hasta llegar a la entrada de la Iglesia de la Trinità dei Monti, que tampoco ofrece nada demasiado relevante.
Fontana della Barcacia. Como su nombre indica, es una fuente con forma de barca.

Ascendiendo por la escalinata.

Contrapicado en un día de sol radiante.
Caminamos en dirección este, cruzando la Piazza Barberini, en cuyo centro se encuentra la Fontana di Tritone, obra de Bernini. Nos detenemos apenas unos breves minutos, puesto que queremos llegar a una hora decente a otro de los destinos que más nos apetecen: la Iglesia de Santa Maria della Vittoria.
Tenemos mucha suerte, ya que cierran al mediodía y llegamos a su entrada apenas dos minutos antes de que la abran de nuevo. Y, por ello, la vemos casi solos. Aunque pequeñita, tiene una decoración demasiado profusa, casi apabullante. Mas entre toda la decoración destaca, claramente, la fabulosa escultura del «Éxtasis de Santa Teresa», de Bernini. Resulta impresionante la sensación de vida y movimiento que se consiguió tallando con delicadeza el mármol.
A la izquierda, la Iglesia de Santa Maria della Vittoria.

Sí, señoras y señores, esta maravilla está hecha en mármol.
Tras un breve paso por la Piazza Republica y la Iglesia de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, llegamos a la Basílica de Santa Maria la Maggiore, una de las iglesias más grandiosas y bellas de la ciudad.
La escudriñamos atentamente durante un buen rato, tanto que, al salir, ya ha caído la noche.
Espacios amplios en la Basílica de Santa Maria la Maggiore.

Impresionante.

Vistazo a la cúpula.
Es hora de regresar al alojamiento, no sin antes echar un vistazo a la Iglesia de Jesús, otro templo poco mencionado en las guías pero con una cúpula y bóveda más que interesantes.
Triunfo del nombre de Jesús, de Giovanni Battista Galli.

Impresionante decoración.
La última cena del viaje es todo un éxito. Optamos por Cantina e Cucina, una pequeña trattoria en cuya entrada todas las noches habíamos visto una larga fila de gente. Por algo sería.
Y tanto que lo era, la cena fue el perfecto colofón a un viaje increíble.
Hasta aquí nuestro viaje a Venecia, Bolonia, Módena y Roma. Esperamos que os animéis y lo podáis disfrutar tanto como nosotros.
Vista nocturna del Coliseo.

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