Midi-Pyrénées en 4 días (II): Albi, la ciudad del ladrillo rojo

Fabuloso mirador con el Pont Vieux, el Palacio de la Berbie y la Catedral de Santa Cecilia a nuestras espaldas.

Situada a orillas del río Tarn, la ciudad de Albi es una de las ciudades más relevantes de la región de Midi-Pyrénées. Fundada en tiempo del imperio romano, tuvo su mayor esplendor en la edad media. Precisamente, de esa época datan algunos de sus monumentos más famosos, como el Pont Vieux (puente viejo), del siglo X, el cual permitió la ampliación de Albi por las dos orillas del Tarn.
Durante los siglos XII y XIII Albi vivió el auge del catarismo; dicho movimiento fue reprimido en la denominada cruzada albigense, por iniciativa del Papa Inocencio III, puesto que contravenía las doctrinas católicas al afirmar que el universo estaba creado por Dios y Satanás y que el ascetismo era la única manera de lograr la salvación.

La Catedral de Santa Cecilia ha pasado a estar entre las más bonitas de las que hemos visitado.

Para apuntalar el dominio de la religión católica en la región, tras dicha cruzada, se construyeron la Catedral de Santa Cecilia y el Palacio Episcopal de la Berbie, otros de los monumentos relevantes de la ciudad. La catedral, construida en ladrillo rojo, es la más grande del mundo en la que se empleó dicho elemento arquitectónico, lo que transmite al edificio un aire de fortificación.
En siglos posteriores Albi se convirtió en una ciudad fortificada, rodeada de murallas, y atravesó una época de prosperidad y pujanza económica. Sin embargo, no se libró de algunos periodos oscuros, como varias guerras, una epidemia de peste o las secuelas de la Revolución Francesa.
En el año 1864 nace su ciudadano más ilustre: Henri de Toulouse-Lautrec. A pesar de su delicada salud, se trasladó a París, donde dio rienda suelta a su mayor afición, la pintura. Con un estilo difícil de catalogar (probablemente postimpresionista) destacó, fundamentalmente, por los carteles que pintó sobre la vida nocturna en los cabarés del París del siglo XIX. Cuando falleció, fruto de la sífilis y el alcoholismo y con tan solo 37 años, su madre donó toda su obra al museo que se ubica en su ciudad natal.

Bonita panorámica, también, desde los jardines del Palacio de la Berbie.

En la actualidad Albi es una localidad próspera e innovadora, que cuida con mimo tanto su casco antiguo como su entorno natural. En el año 2010, la UNESCO reconoció a la Ciudad Episcopal de Albi como Patrimonio Mundial de la Humanidad, por su Palacio de la Berbie, la Catedral de Santa Cecilia, el Pont Vieux y su casco antiguo, el cual se halla excelentemente conservado.
Un día para visitar esta ciudad es algo que merece mucho la pena, ¿nos acompañáis a conocerla un poco más?

Albi: ¿cómo llegar y cómo moverse?

Albi se encuentra en el departamento del Tarn, el cual pertenece a la antigua región de Midi-Pyrénées, actualmente Occitania. Dada su situación, en pleno corazón de una de las zonas más turísticas de Francia, resulta sencillo y cómodo llegar en coche, puesto que está muy bien comunicada. Así, se encuentra a unos 50 minutos de Toulouse, 1h 30 minutos de Carcassone o 2 horas y media de Lourdes, Montpellier o Perpignan.

Para llegar a Albi no hay que dar tantas vueltas como para descender a los jardines.

Tal y como comentábamos en la entrada anterior, para recorrer los lugares más interesantes de los Midi-Pyrénées nos parece que la opción ideal es el coche. No existe ningún problema de aparcamiento en la ciudad, puesto que hay un buen número de aparcamientos con gran cantidad de plazas gratuitas (y otras de pago). Para quien se mueva en caravana, en Albi hay cinco aparcamientos habilitados para las mismas. Más info en la página oficial de turismo de Albi.

En el casco antiguo resulta imposible aparcar; sin embargo, existen numerosos aparcamientos gratuitos bastante cerca del centro.

Otras opciones para llegar a Albi son el tren (buenas conexiones con Toulouse y París) o el avión, siendo los aeropuertos más cercanos el de Toulouse (a una hora en coche) y el de Carcassone (a una hora y media).
No cabe duda de que la mejor manera de moverse por Albi es caminando. Nos encontramos en una ciudad muy manejable, cuyos lugares interesantes se encuentran a pocos minutos a pie unos de otros. Lo ideal es dejar el coche en alguno de los aparcamientos y comenzar a callejear por el casco antiguo, disfrutando tranquilamente de los muchos detalles que nos ofrece la ciudad.

¿Qué ver en Albi?

Con un día, o incluso un poco menos, puede ser suficiente para conocer los puntos más interesantes de la ciudad. Vamos a resumir, brevemente, los más importantes:
Catedral de Santa Cecilia: la catedral construida en ladrillo rojo más grande del mundo, en estilo gótico meridional, fue construida entre los años 1282 y 1380 y, posteriormente, consagrada en 1480. Con sus 113 metros de largo, 35 de ancho y 78 de alto, este fastuoso edificio parece más bien una fortaleza. Su interior, magníficamente decorado con pinturas (nada más y nada menos que 18500 m2) de estilo renacentista italiano. Además de las impresionantes pinturas (a destacar toda la techumbre, que imita al cielo), lo más relevante de la catedral es el enorme órgano construido por Christophe Moucherel entre 1734 y 1736 y el magnífico coro, con más de 200 estatuas de un detalle increíble. La entrada a la catedral es gratuita; sin embargo, para visitar el coro (audioguía incluida) hay que pagar 5€, lo cual merece la pena.

Impresionantes frescos e impresionante órgano.
Detalles del coro.
Mirando hacia la bóveda azul, desde el interior del coro.

El Palacio de la Berbie: construido también en el siglo XIII, este palacio-fortaleza de ladrillo forma, junto con la catedral, la Ciudad Episcopal de Albi que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2010. En su interior se halla el Museo de Toulouse-Lautrec (entrada 10 €), en el que se expone la obra del afamado pintor local, conociendo también su evolución artística y humana. Además de las obras, se proyectan varios audiovisuales. Merece la pena también recorrer los jardines del palacio (entrada gratuita), con buenas vistas al Río Tarn, al Pont Vieux y al Barrio de la Magdalena.

Curiosas formas en los jardines.

Le Pont Vieux (el puente viejo): sus 151 metros de longitud permiten conectar ambas riberas del Río Tarn. Construido en el siglo XI, este puente ha sido fundamental a lo largo de la historia de la ciudad, facilitando el comercio y el desarrollo demográfico de la misma.
Colegiata de Saint Salvi: allá por el siglo XI, sobre la tumba del antiguo obispo de la ciudad (Salvi d’Albi), se construyó esta iglesia, que ha sufrido numerosas reformas a lo largo de su historia. Prueba de ello es la mezcla de estilos que en ella se pueden contemplar, desde el románico languedociano hasta el gótico. En su interior se puede visitar el bonito claustro, un rincón de silencio y quietud.

Con vistas al Pont Vieux y la otra orilla del Tarn.

Casco antiguo: pasear por el centro histórico de la ciudad sorprende a cada paso, conforme nos aventuramos a descubrirlo recorriendo sus estrechas callejuelas. Son numerosas las casas antiguas, construidas con ladrillo y madera, que dotan a la ciudad de un encanto singular.
Otros museos: el museo de la moda, el centro de arte contemporáneo o el museo de la casa del viejo Albi son algunos de los más interesantes que ofrece la ciudad.
Naturaleza en Albi: las riberas del Río Tarn ofrecen un buen acercamiento a la naturaleza sin alejarse de la ciudad; los jardines del Palacio de la Berbie o el Parque Rochegude son otros de los puntos verdes de la ciudad.

Pasear, sin rumbo predefinido, por el casco antiguo es algo muy interesante.

Nuestra experiencia en Albi

Comienza nuestra escapada por los Midi-Pyrénées en Semana Santa, siendo nuestro primer destino la ciudad de Albi.
Tras dejar nuestros enseres en el alojamiento, salimos a caminar en dirección al centro de la ciudad, lo que nos supone unos diez minutos.

Apacible tarde en Albi.

Paseamos brevemente por las estrechas calles del casco antiguo, bastante animadas, hasta llegar a la Catedral de Santa Cecilia. El edificio, de enormes dimensiones, está construido en ladrillo rojo, lo que le confiere un aspecto de fortaleza.

Grandioso edificio de ladrillo.

Nada más entrar nos llama la atención la bóveda, pintada de azul y blanco. Decidimos entrar a visitar el magnífico coro, lo cual nos cuesta 5€, incluyendo la audioguía que, como luego veremos, es más que recomendable.
Siguiendo las indicaciones de la audioguía contemplamos, absortos, el espléndido detalle de las esculturas del coro, con una decoración profusa. Pero, no obstante, de toda la catedral lo que más nos sorprende es su órgano. Construido en el siglo XVIII, está formado por unos 3500 tubos, la mayor parte de los cuales se hallan escondidos de la vista del visitante. Nos parece impresionante.

Leyendo información antes de entrar.
Buscando detalles en el coro.
Breve vídeo del interior de la catedral. Espectacular, ¿verdad?

Tras visitar la Catedral durante, aproximadamente, una hora, continuamos la visita.
Nos dirigimos al Palacio de la Berbie, que es otro gran edificio de ladrillo contiguo a la catedral. Por desgracia para nosotros, no podemos visitar el museo Toulouse-Lautrec puesto que hoy organizan un evento privado. Lo que sí podemos visitar, y nos encanta, son los jardines del palacio. El mosaico de arbustos, cuidado a la perfección, es la base de una panorámica preciosa sobre el Río Tarn y el Pont Vieux. A pesar de que el día gris no acompaña demasiado, debemos reconocer que nos encontramos en uno de los mejores miradores que ofrece la ciudad.

El Palacio de Berbie, también construido con el característico ladrillo rojo.
Buenas vistas desde los jardines del palacio.

Decidimos recorrer el casco antiguo de la ciudad olvidándonos por un rato del mapa, sin rumbo fijo. Nuestra idea es descubrir calles menos concurridas, lejos del trasiego incesante de turistas en la plaza de la catedral. Objetivo cumplido: en cuanto callejeamos un poco logramos encontrar un buen puñado de casas antiguas construidas con el típico entramado de madera y ladrillo rojo, tan características de esta ciudad. ¡Qué agradable resulta caminar por Albi!

Antiguas calles, con su denominación correspondiente en occitano.
Encontramos, de vez en cuando, algunas casas señoriales.

Conforme se aproxima el atardecer las calles se van vaciando y son los cafés y restaurantes los que muestran su cara más animada. Así, tras echar un vistazo a algunos de los pequeños restaurantes situados junto al Mercado Halles, decidimos caminar unos diez o quince minutos hasta la Plaza del Vigan, donde encontramos una crepería que nos convence y donde cenamos de maravilla.
Tras la cena, ya de noche, decidimos ir a dormir temprano para aprovechar bien el día siguiente.

La Place du Vigan, en la zona más moderna de la ciudad, posee varios cafés y restaurantes donde cenar.

Antes de dejar Albi no podemos olvidarnos de cruzar el Pont Vieux (puente viejo) y asomarnos al mirador situado justo a su lado. Desde este punto tenemos una magnífica panorámica del propio puente sobre el Río Tarn, con el Palacio de la Berbie y la catedral de fondo. Es, al finalizar la visita, un perfecto resumen de lo que nos ha ofrecido esta bonita ciudad de ladrillo rojo.

Al día siguiente luce el sol. Perfecto para echar un último vistazo a la ciudad.

Tras Albi debemos continuar la ruta, comenzando por Cordes-sur-ciel. Pero eso, ya sabéis, lo contaremos en la próxima entrada del blog.

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